Hace una semana estuve en Madrid junto a mi hija y mi querídisima Amelica visitando Intergift, la Feria del regalo que se celebra en IFEMA.
Ver todos los stands de las empresas presentando sus novedades y recorrer de un lado a otro los pabellones con los ojos bien abiertos no se me vaya a escapar alguna cosilla de interés, es una de las emociones más fuertes de mi trabajo.
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| Aquí mis chicas |
Porque está claro que el objetivo final es vender, pero como no haga una buena gestión de compras difícilmente voy a tener buenos resultados. También me gusta asumir retos, dirigir y organizar todo este "sarao" que llamo Indalo Natura, mi tienda; ese mundo particular a través del cual gira mi vida.
Pero no me voy a entretener contando las peripecias de mi visita a la Feria, que para ello ya tenéis aquí la entrada que publicamos ayer en el blog.
Sólo decir que han sido días intensos en los que no he parado de andar y prueba de ello la foto del contador de pasos que me regalaron los Reyes.
Pero no me voy a entretener contando las peripecias de mi visita a la Feria, que para ello ya tenéis aquí la entrada que publicamos ayer en el blog.
Sólo decir que han sido días intensos en los que no he parado de andar y prueba de ello la foto del contador de pasos que me regalaron los Reyes.
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| Pasos y kilómetros de un solo día |
He aprovechado para ver a mi familia y a mi padre, que sigue retando al tiempo en su residencia para mayores. Los años pasan y él se aferra a la vida como puede o quizás ni siquiera es consciente de ello. Siento no estar más cerca para poder compartir con mi hermana la responsabilidad de visitarle, pero las circunstancias mandan y mi vida transcurre lejos de él.
También he disfrutado de unas cenas muy entrañables en compañía de mis amigos Bego y Tino y sus pequeñajos, que dentro de nada dejarán de ser niños y como no, también he realizado la consabida visita relámpago a Ikea, como es habitual cuando viajo a Madrid.
Vuelta a mi mundo, echo de menos el buen humor que mostró mi hermana en la comida que compartimos, a pesar del dolor de sus rodillas; la sonrisa traviesa de mi sobrinilla Iria; la casa nueva en Tres Cantos de sus papás; el optimismo de mi Bego, a pesar de los pesares y como no, la frescura y las risas que se gastaban sus hijos mientras conversábamos alrededor de la mesa.
Pero no me importa dejar atrás los kilómetros y kilómetros de M40, dirección las Rozas, Alcobendas, Ifema o Tres Cantos, nudos de carreteras colapsadas de coches; el cielo gris y el hielo del cristal de mi coche que tuve que rascar cuando el termómetro marcaba 1º; paisajes llenos de edificios altos y el correr del día a día después de un gran madrugón que te aleja de tu casa hasta que llega la noche.
En cambio en mi mundo no hay aglomeraciones de tráfico y sé que tardo diez minutos en llegar a mi trabajo porque no voy a encontrarme con ningún atasco. Puedo conciliar mi trabajo con mi familia y mis aficiones y lo mejor de todo es que el cielo está tan limpio y tan azul, que a veces se confunde con el mar.
Puede que mi mundo resulte un poco simple para muchos, alejado como está de la gran ciudad, del bullicio y de los centros comerciales, pero para mí es perfecto.
También he disfrutado de unas cenas muy entrañables en compañía de mis amigos Bego y Tino y sus pequeñajos, que dentro de nada dejarán de ser niños y como no, también he realizado la consabida visita relámpago a Ikea, como es habitual cuando viajo a Madrid.
Vuelta a mi mundo, echo de menos el buen humor que mostró mi hermana en la comida que compartimos, a pesar del dolor de sus rodillas; la sonrisa traviesa de mi sobrinilla Iria; la casa nueva en Tres Cantos de sus papás; el optimismo de mi Bego, a pesar de los pesares y como no, la frescura y las risas que se gastaban sus hijos mientras conversábamos alrededor de la mesa.
Pero no me importa dejar atrás los kilómetros y kilómetros de M40, dirección las Rozas, Alcobendas, Ifema o Tres Cantos, nudos de carreteras colapsadas de coches; el cielo gris y el hielo del cristal de mi coche que tuve que rascar cuando el termómetro marcaba 1º; paisajes llenos de edificios altos y el correr del día a día después de un gran madrugón que te aleja de tu casa hasta que llega la noche.
En cambio en mi mundo no hay aglomeraciones de tráfico y sé que tardo diez minutos en llegar a mi trabajo porque no voy a encontrarme con ningún atasco. Puedo conciliar mi trabajo con mi familia y mis aficiones y lo mejor de todo es que el cielo está tan limpio y tan azul, que a veces se confunde con el mar.
Puede que mi mundo resulte un poco simple para muchos, alejado como está de la gran ciudad, del bullicio y de los centros comerciales, pero para mí es perfecto.
Un día lo busqué, lo encontré y es el lugar donde me siento bien.
Es mi mundo particular.




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