martes, 2 de abril de 2013

En mi casa cabemos todos

En mi casa cabemos todos, aunque estemos un poco apretados.


Y es verdad que mi casa se estira según las necesidades del personal. 
Que vienen mis hijos, pues cada uno a su habitación.
Que se presentan mis sobrinos, pues les cedo mi habitación y yo me instalo en una cama plegable de Ikea en medio del salón, donde tengo mi mesa de ordenador.
Me siento como si estuviera acampando en mi propia casa y me gusta. 
Hay veces que vienen mis amigos del alma que son cinco: los dos padres y tres peques.No pasa nada, que yo busco sitio y entonces, montó las sábanas en los dos sofás del comedor y sacamos el colchón inflable.

Porque estos días que se llena mi casa de vida me siento la mujer más afortunada del mundo.

Me gustaría no tener que trabajar esos días en la tienda y poder compartir las 24 horas con mi gente, pero el trabajo es el trabajo.

Esos días me gusta levantarme temprano y preparar algún bizcocho o unas magdalenas. Aprovecho para poner en práctica esas recetas de repostería que voy acumulando en mi cuaderno. Me gusta experimentar con la cocina y nada mejor que tener unos "conejillos de indias" deseosos de probar mis dulces.

Y claro, poco a poco, se van levantando y al olorcillo de la cocina se me van arrimando y me empiezan a contar cosas... Pero yo ya estoy con la cuenta atrás.... Me tengo que ir a trabajar.... que si pudiera desdoblarme, en los dos sitios estaría.

Si no me ha dado tiempo a preparar algo de desayuno en el horno o es verano y el horno está prohibido por el calor que da, entonces preparamos tostadas.
Pero de las tostadas, de Bego y Sofía ya hablaré más adelante.

A eso de las dos y media vengo del trabajo y entonces me meto en mi cocina minúscula y preparo la comida. Saco mi varita mágica y unas sartenes tamaño XXL y en un plis plas, marchando platos.
Mi familia o mis amigos se empeñan en entrar en la cocina para ayudarme, pero yo les digo: uno o dos, que no cabemos todos, que somos demasiados grandes para la cocina tan estrecha que hay y al final nos estorbamos unos a otros y nos pasamos el rato diciéndonos, a ver por favor, me dejas coger esto...o te importaría echarte un poquito para allá que voy a sacar de la nevera unos tomates...

La mesa es el punto de encuentro, ya sea la de la terraza o la del salón.
Todos reunidos alrededor de ella, pero cada uno a su aire.

Dos mirando una aplicación en el Ipad, dos chicas charlando o pintándose las uñas, unos niños buscando a Wally y a los Xunguis en sus libros, mi amigo "trabajando" en el ordenador a pesar de que estamos todos bla,bla, bla, pero él concentrado...
...otro arreglando ese virus que se ha instalado en el portátil, mientras ella se afana en el punto de cruz...
Cruces de conversaciones porque todo el mundo está con la antena puesta...
...que si una cervecita, que si un té o un café... y las horas van pasando...
...un perro dormitando al sol, el otro ladrando porque acaba de pasar alguien por la calle, mi amiga haciendo fotos, mi hijo que se va con sus amigos a la playa...
Y en nada, llega la cena...y otra vez a abrirnos paso en la cocina.

En estos días mi retina se pasa fotografiando miles de instantáneas la mar de entrañables, que luego guardo para mí cuando todos se marchan y me entra la morriña.

Juntos, pero no revueltos. 

Que me siento orgullosa de que por unos días mi casa se parezca al camarote de los Hermanos Marx.



El caso es pasar unos días juntos y cargar las baterías de buena energía y armonía.

Por que la felicidad compartida es mucho mejor.

1 comentario:

  1. Que razón tienes! Y como me gusta leerlo, parece que lo voy reviviendo todo. Entra morriña y a la vez sale una sonrisa!! Cuanto mas somos, mas felices somos..! Que orgullo tener esta familia..:)

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