Reme era el nombre de la vecina del bajo que yo llamaba "la portera del bloque" porque siempre estaba pendiente del movimiento de todos los que vivíamos allí.
"¿Qué? ¿Ya vienes del trabajo? Ahora a hacer la cena y a acostar pronto a los niños, que mañana hay que madrugar". Si los niños llegaban corriendo al portal y haciendo ruido, ya aparecía ella con su sonrisa bobalicona diciendo "Ay estos niños, que no paran".
No se le escapaba ningún detalle. Así el paso por su puerta se me antojaba siempre incómodo porque detrás de sus palabras sabía que escondía alguna doblez. Y ay de mí, si tenía que tocar a su puerta para pedirle los juguetes que mis traviesos habían tirado por la terraza y depositado en su jardín. Se me caía la cara de vergüenza.
Con ella y a través del observatorio de su ventana, me sentía intimidada y siempre vigilada.
No se le escapaba ningún detalle. Así el paso por su puerta se me antojaba siempre incómodo porque detrás de sus palabras sabía que escondía alguna doblez. Y ay de mí, si tenía que tocar a su puerta para pedirle los juguetes que mis traviesos habían tirado por la terraza y depositado en su jardín. Se me caía la cara de vergüenza.
Con ella y a través del observatorio de su ventana, me sentía intimidada y siempre vigilada.
Pero las ventanas sirven para algo más que estar pendientes del vecindario o para matar el aburrimiento. Muchas veces son el escenario perfecto para estar atento a la llegada de aquel que deseamos ver con premura, como hacía mi perro Toby cuando ya barruntaba la hora en la que alguno de nosotros iba a aparecer. Recuerdo cómo abría las cortinas ayudado de su pata y su hocico para no perderse ese momento triunfal de nuestra llegada. Su cola a punto de agitarse, su mirada atenta echando chispas de regocijo porque sabía que en breve alguno de nosotros cruzaría el umbral de la puerta.
Yo también he sentido un cosquilleo en el estómago y me he acercado con ansiedad a la ventana esperando la aparición de ese alguien al que deseaba ver con tantas ganas.
Otras veces, la ventana es el punto de partida ideal para nublar nuestro pensamiento y abstraerse de todo y de nada, dejando pasar las imágenes de lo que llevamos en nuestra cabeza como si fueran un correr de nubes movidas por un viento interno que no somos capaces de manejar. Es como una meditación espontánea en la que todo fluye y nada se detiene.
Hacer un paréntesis para dejar atrás las obligaciones aunque sea momentáneamente y mirar a través del cristal en busca de un momento de paz es una gran terapia, que recomiendo poner en práctica para que nuestras ideas se ordenen y ningún pensamiento se estanque. En cualquier caso, un rato de desconexión nunca viene mal a nadie para recargar las pilas y proseguir después con nuestra vida con más energía y claridad mental.
Si es invierno y afuera hace frío, viento o llueve y encima sujetamos con nuestras manos una taza de te caliente, la sensación de bienestar es extraordinaria.
Yo lo hago de vez en cuando y me sienta muy bien.
Yo también he sentido un cosquilleo en el estómago y me he acercado con ansiedad a la ventana esperando la aparición de ese alguien al que deseaba ver con tantas ganas.
Otras veces, la ventana es el punto de partida ideal para nublar nuestro pensamiento y abstraerse de todo y de nada, dejando pasar las imágenes de lo que llevamos en nuestra cabeza como si fueran un correr de nubes movidas por un viento interno que no somos capaces de manejar. Es como una meditación espontánea en la que todo fluye y nada se detiene.
Hacer un paréntesis para dejar atrás las obligaciones aunque sea momentáneamente y mirar a través del cristal en busca de un momento de paz es una gran terapia, que recomiendo poner en práctica para que nuestras ideas se ordenen y ningún pensamiento se estanque. En cualquier caso, un rato de desconexión nunca viene mal a nadie para recargar las pilas y proseguir después con nuestra vida con más energía y claridad mental.
Si es invierno y afuera hace frío, viento o llueve y encima sujetamos con nuestras manos una taza de te caliente, la sensación de bienestar es extraordinaria.
Yo lo hago de vez en cuando y me sienta muy bien.
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| Muchacha en la ventana, Dalí |
¿Y tú qué miras?



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