jueves, 25 de septiembre de 2014

Es un muchacho excelente

El domingo pasado fue una fecha muy especial para mí porque mi hijo Daniel cumplió 22 añazos.

El pequeñín que compartió espacio conmigo durante algunos meses y que pesaba poco más de tres kilillos al nacer, se ha convertido en todo un hombre, al que tengo que mirar hacia arriba cuando está a mi lado porque me saca más de una cabeza. En esos momentos de cercanía me pregunto con orgullo ¿de dónde habrá salido este chico tan alto por el que tengo que empinarme cuando quiero darle un beso?



Aquí, desayunando felizmente el día de su cumple

El caso es que me ha salido grande de altura y de corazón.

Ahora que lo pienso, es posible que a su desarrollo hayan contribuido esos desayunos de tostadas con mantequilla y mermelada que nunca faltaron sobre la mesa en su época de instituto, que para prepararlas servidora se levantaba bien temprano, pero lo más probable es que hayan sido esas dosis de cariño recibidas a diario las que hayan hecho de él una persona hecha y derecha.

Pero no es momento de echarme flores, faltaría más porque quien debe llevarse los honores es él. Sencillamente, porque se los merece.

Estoy segura que cuando lea mi hijo esta entrada, se va a acordar de mi madre y de toda mi familia (que también es la suya) y dirá: "¡No! ¡No! ¡No puede ser! Mamá, te estás pasando. Esto es cursilería pura" Pero yo sé que estará hablando con la boca pequeña, ya que aunque sea muy cerebral y se le vea duro por fuera, eso sólo es apariencia porque es un chico cargado de una gran sensibilidad, que también tiene sus arranques de genio, no nos engañemos. Y en esos momentos, mejor marcharse a tiempo y bien lejos. Hasta que se le pasa y vuelve a ser tierno y amoroso.


Guapo no, lo siguiente...
Aquí le tenemos, que parece que no ha roto un plato

De pequeño era un niño muy tenaz; hasta que no conseguía lo que quería no paraba en el empeño. Podía pasarse horas y horas repitiendo la misma cantinela. Nosotros, los padres aguantando ahí el tirón y el niño erre que erre... que eso era para vivirlo. Hasta que ya por cansino y por puro aburrimiento, terminábamos cediendo. Mal hecho por nuestra parte, puede que sí, pero es que la insistencia del niño superaba la paciencia de cualquiera.

Mi hijo me inspira paz y me ha dado una gran estabilidad en mi vida, sobre todo en los tiempos difíciles. Que ahí hemos estado los dos mano a mano, compartiendo emociones y pensamientos sin mediar apenas palabras porque cuando hay buen entendimiento no hace falta más que la compañía.

Hemos pasado tardes de pelis inolvidables, como cuando vimos la de "Los chicos del coro" o "Intocables" y ratos de sofá donde charlábamos de un montón de cosas: de las clases, de deporte, de sus ocurrencias, hasta de libros serios como el de "La voz dormida" que le sorprendió y le gustó enormemente. Recuerdo que yo estaba enfrascada en mi lectura y él se sentaba en el sofá de al lado y ambos disfrutábamos de un buen rato juntos.

Pero las mejores conversaciones, sin duda, las hemos tenido en la cocina. Yo, afanada con mis mermeladas y  mis bizcochos y él preguntándome cosas del tipo "¿Qué tal mamá? ¿Cómo te sientes hoy? ¿Dispuesta a hacer la tabla de ejercicios que te he preparado?.... " Porque hubo un tiempo que se empeñó en que tenía que corregir esos músculos fofos del brazo que con los años se le quedan a una un poco colgando...


Siempre ha existido entre nosotros muy buena química

Con él me atrevo a hacer muchas tonterías. Yo diría que él saca de mí mi lado más ganso. Cantamos en el coche, hacemos el bobo...Hay veces que me pregunto ¿qué pensará mi hijo de esta madre disparate que le ha tocado?

Sobre todo, por las mañanas cuando le abro la puerta de su habitación para que se levante y empiezo a decirle: "Buenos días, Daniel. Soooooooy tuuuuu maaaaaaadre", haciéndole aspavientos con las manos como si fueran indicaciones para que aterrizara un avión. Y lo hago así por dos motivos, porque si no gesticulo lo suficiente no me ve bien y también para animarle la jornada.

En fin...

Que mi hijo me da seguridad y que en poco tiempo que lleva trabajando conmigo en la tienda, ya domina el arte de marcar precios, dar de alta artículos en el ordenador, sacar etiquetas y descargar fotos del catálogo de  los proveedores, y en alta calidad, ahí es nada, que para ello se mete en no sé qué tripas de la página web...Y por supuesto, ya se ha ganado el título de "empleado con encanto" y si no que se lo digan a algunas abuelillas que preguntan por él "¿Hoy no está ese chico tan amable que me atendió el otro día?"

Ahora sólo falta que venga su princesa azul.
Me da igual que sea alta, baja, rubia, morena, gorda, flaca, guapa o fea...
Lo único que pido es que sea maja y de buen corazón porque mi chico se lo merece.

Y bueno, voy a ir a por el babero... porque con todo lo que he escrito... estoy chorreando babitas de emoción.

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