lunes, 25 de marzo de 2013

En femenino

Hace unos días recibí una carta inesperada.
Era de mi hijo y escribía desde el corazón.
Entre otras cosas, me contó lo orgulloso que se sentía de pertenecer a su familia y del papel tan importante que ocupábamos las mujeres de la casa.
Para él, somos los pilares de esa estructura tan compleja que es la familia.

Los dos más importantes según él o los dos más veteranos según mi opinión: su tía y su madre.
O lo que es lo mismo: mi hermana y yo.
Tan distintas y dispares y a la vez tan parecidas.
Coincidimos en eso de arropar, proteger y ofrecer cariño.

Resumiendo: en dar amor 

También coincidimos en la hospitalidad; eso de reunir a la familia alrededor de la mesa es un gran placer para ambas. No nos importa cocinar el tiempo que sea si con eso conseguimos llenar  los estómagos de la gente querida con comidas ricas.
Da gusto entrar a la cocina de mi hermana. Siempre tiene varias cacerolas haciendo chup, chup y huele que alimenta y unos tapers preparados para esas raciones que hace de más, que luego saben tan buenas; esos tapers que el año pasado se encontraba mi hijo en su nevera y recibía con cara de satisfacción.
Yo hago más de repostera, aunque también me salen unas alitas para chuparse los dedos.

En fin, así somos mi hermana y yo: cocineras, protectoras, muy atentas a cada miembro de la familia y siempre disponibles.


Gráficamente somos así.



Siempre tenemos un remedio para cada problema

Y ahora voy a hablar de los dos pilares que faltan o mejor dicho, voy a transcribir lo que mi hijo me contó. 

Su prima (hija de mi hermana, sobrina de mi corazón) por confidente, por estar simplemente ahí, a su lado, cuando él la ha necesitado y también por cortarle el pelo y ahorrarle un dinerillo, que hay que estar para todo, para lo bueno y lo malo.

Y por último, su hermana (la niña de mis ojos). Que hace las veces de madre en muchas ocasiones, que le transmite esa seguridad tan reconfortante como es el saber que para cualquier cosa puede contar con ella. Que le vigila a distancia, sin ahogar. 


Y así somos las mujeres de esta familia.

Sin darnos cuenta, silenciosamente, pasamos el testigo de madres a hijas. 
Somos capaces de dar amor, luz y paz a los que están a nuestro alrededor. 
Y si acaso el día sale nublado, tratamos de dibujar nubes de algodón; esas que miramos al cielo y tenemos la seguridad que no nos van aguar el día.

Con cuatro palabras he querido rendir homenaje a las mujeres de la casa y también al escritor que me ha inspirado.

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