Nos pasamos media vida buscando la felicidad.
Creemos que la felicidad es una meta, que es un lugar abstracto de difícil acceso y que sólo algunos afortunados son capaces de alcanzarla.
La idealizamos tanto que creemos que para conseguirla tenemos que hacer algo extraordinario.
¿Dónde se encuentra la felicidad?
¿En las nubes de nuestra imaginación?
A veces pensamos que sólo seremos felices cuando hagamos el gran viaje soñado que nos conduzca a un paraíso donde disfrutemos de mil y un placeres: playa, sol, comida, relax...
Identificamos felicidad con un estado de dicha sublime donde todos nuestros sentidos se unen gozando al máximo.
Y puede ocurrirnos que aún teniendo la gran suerte de haber realizado ese viaje soñado, al regreso nos acompañe una sensación de vacío.
Quizás porque no hemos alcanzado los objetivos soñados.
Probablemente teníamos demasiado pájaros en la cabeza.
Y yo me pregunto
¿Dónde están las llaves de la felicidad?
¿Quién nos abre la puertas para descubrirla?
¿El dinero? ¿El poder? ¿Lo material?
Puede ser que la capacidad para ser felices la llevemos dentro de nosotros y que nos empeñemos en tener los ojos cerrados, pensando y pensando en que sólo la conseguiremos en un futuro cuando tengamos una buena casa, un gran trabajo, una familia...siempre planeando, haciendo de la felicidad algo intangible, un deseo que tan sólo está en nuestra mente.
Y no nos damos cuenta que la felicidad está ahí, que no es una meta sino un camino donde podemos disfrutar mientras lo recorremos.
La felicidad nos acompaña cada día.
Está en nosotros darle la mano, abrir los ojos y entregarse a cada momento.
La vida puede ser una suma de pequeños (o grandes) momentos felices.
Momentos cotidianos que de pura rutina no le damos la importancia real que tienen.
Y estos momentos los vivimos a diario.
¡Somos seres afortunados!
Sólo es cuestión de abrir el corazón y disfrutar.
Compartir es felicidad.
Para ser feliz nada mejor que sacar al niño que llevamos dentro, que no piensa, que disfruta del momento, que da vueltas y vueltas al son de la vida, que baila sin reparo, que no siente la necesidad de mundos imaginarios sino que se conforma con lo que tiene y con lo que conoce.








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